Nunca quise crecer. Desde pequeña fui consciente en algún porcentaje de a qué me enfrentaría con el paso de los años. Me gustaba leer, resolver sudokus y anagramas y escribir en mis agendas. Siempre estuve dentro de mí. Reconocía que a mamá y a abuela la comida le salía diferente, por ende, perdería eso con los años, o incluso me tocaría a mí. Miraba con admiración a mi papá por cómo se desenvolvía en la sociedad, lo práctico y resolutivo que siempre era y no quería perder eso. Me sentía segura, y era consciente de eso.
Crecí, muy a pesar mío, pero la niña de adentro nunca se fue. Quedó latente y escondida como quien espera algo. Parecía que la niña volvería en algún momento, o encontraría con quien compartir los sueños que la apasionaban, las cosas que hacían brillar sus ojos. Un atisbo de esperanza aparecía de repente pero siempre era fugaz.
La niña buscaba algo perenne, "algo" o "alguien" que no la retire de la fantasía. Que la deslumbre con un brillo diferente al del mundo diario gris, rutinario, absurdo. La niña a pesar de todo, sabía lo que quería, nunca dejó de alimentar la satisfacción que llegó a sentir porque la conocía bien, entendía lo que provocaban las acciones ¿Cómo es posible que una niña haga uso de tal nivel de raciocinio?
Dejó de comprenderse, parecía que todo estaba bien pero se cuestionaba demasiado la vida, las creencias, la cultura, las consecuencias de las acciones y silenció el ruido del mundo con su desorden. Tal vez porque siempre estuvo dentro de sí y nunca nadie la llegó a conocer en verdad.
¿Era una niña con mente de adulta? O ¿Era una niña dentro del cuerpo de una adulta? No supo responder.
Retuvo su alegría tal cual la hubiera guardado en una cajita con llave. Porque aquello no le servía, no le volvía una persona productiva en el reloj girante que nunca para. En la locura de la vorágine que poco a poco la consumía por fuera, consumía la adulta.
El mundo fue el abismo y el límite de su cordura. Su interior estallaba con sentimientos y pensares de colores y frutitas, era un volcán dormido en una isla cuidada, allá lejos, de todos.
La niña no entendió, no pudo más, tenía tanto para dar y nadie con quien. Tantos tonos dentro suyo, tantos sonidos empujando para salir. Tantas vidas que vivir. Finalmente se dio cuenta aunque lo quiso negar.
Se dio cuenta que estaba sola.
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